tahirisha-moon5
Mi padre solía decirme que el ciclo de una manzana comienza mucho antes de ser la fruta roja que todos conocemos.
Comienza bajo la tierra, en un lugar oscuro y silencioso donde nadie puede verla crecer, como si del vientre de una madre se tratase. Allí permanece una pequeña semilla, tan diminuta que parecería imposible que de ella pudiera nacer algo que algún día diera sombra, flores y frutos, pero no saben de imposibles, solo saben esperar.
La mía nació en un huerto.
Había árboles por todas partes y, entre ellos, uno que siempre me pareció más grande que los demás, no porque lo fuera, sino porque bajo sus ramas cabía todo lo que yo conocía.
Allí aprendí que la primavera tenía olor a tierra mojada, que las tardes podían durar para siempre, que algunas historias merecían ser leídas más de una vez y que había manos capaces de convertir una simple semilla en un árbol entero.
También aprendí que crecer era algo hermoso.
Primero fui apenas un brote, pequeño, verde y demasiado curioso para saber que algún día tendría que soportar el peso de mis propias ramas.
Después llegaron las flores... las flores... Quizás esa fue la época más bonita, había flores en los árboles y risas en la casa, había dos sombras pequeñas corriendo entre los surcos, dos pares de manos aprendiendo a trabajar la tierra y dos voces que todavía creían que el mundo podía durar exactamente como estaba.
Una de esas sombras siempre corría más deprisa, la otra prefería quedarse atrás, recogiendo las flores que habían caído.
Yo era esa.
Me gustaba pensar que las cosas que caían no estaban necesariamente perdidas, quizás por eso nunca entendí lo que significaba caer.
Hasta que llegó el otoño.
Una manzana no sabe cuándo va a desprenderse de su rama, puede pasar semanas aferrándose a ella, balanceándose con el viento, sintiendo el peso de su propio cuerpo crecer poco a poco, puede mirar hacia arriba y ver las hojas moverse.
Hasta que un día, sin aviso, la