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Un intento de ejercicio de demolición retórica que confronta la pomposa burocracia del espectáculo sagrado moderno con la descarnada e intuitiva piedad de la calle.
La crónica transforma el grisáceo taller de un suburbio en el verdadero epicentro de lo trascendente, desnudando la paradoja de una institución eclesiástica que, enceguecida por su propia carrera logística y sus pantallas LED, ha terminado por cambiar el peso del verdadero evangelio por el compás exacto del humo del escenario.
Es un texto incómodo y afilado que despoja a la fe de sus adornos corporativos para devolverle su dignidad original: una que no se encuentra en las catedrales de cristal, sino herrumbrada y anónima en el ensamblaje silencioso de una silla de ruedas.