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LA TRIPULACIÓN
Aún no había asomado el sol tras las Medes cuando Ca La Espe ya estaba abarrotada de almas en pena. Naturales del país y extranjeros de toda laya compartían el alivio de un plato de habas recalentadas y una jarra de vino áspero del Empordà. El ruido, el humo y un olor a humanidad con marcada fobia al agua y al jabón componían una atmósfera que atacaba directamente a los pulmones más delicados.
En ese momento, el capitán Terrapressa, acompañado por un gigantón rubio que sacaba una cabeza y media a todos los presentes, abrió la puerta de la taberna. Detrás entró un gato naranja con mirada inquisitiva y el rabo tieso como el palo de mesana. Al abrirse el portón, el tufo indescriptible del local plantó cara al aire del puerto, que solo era ligeramente menos cargado.
Terrapressa sacó el pistolón que llevaba sujeto en una faja de color indefinido entre rojo y mugre, y disparó al aire. Se hizo el silencio; un respeto que se debió más a la montaña de músculos apostada detrás de él, con los brazos cruzados, que al filibustero, quien, por muy armado que fuera, tenía la alzada y el cuerpo de un botijo.
-¡Los que vayan a embarcar en el Renegado, moviendo el esqueleto y rapidito, antes de que cambie la marea! -bramó Terrapressa con una voz atronadora que, por puro milagro físico, parecía imposible que cupiera en sus reducidas dimensiones.
Al momento, la llamada del Renegado surtió efecto y, entre el humo, comenzaron a levantarse los elegidos. Primero lo hicieron Faneca y Gudifning, dos amigos secos, enjutos y de gesto afilado, de esos que parecen hechos para el silencio y las malas decisiones. Después se incorporaron otros dos, hermanos de estampa altiva y filosa, con aire de toreros de Salamanca o alrededores.
Tras ellos se sumó un gordo monumental que parecía a punto de reventar las costuras de una zamarra tres tallas menor de lo que exigía su volumen, seguido de cerca por Jean Pierre, un cocinero marsellés de bigote fino q