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Mateo Castillo llega al instituto como un rumor andante: el hijo del nuevo compañero de trabajo de Franklin Plaskett (el padre de Kevin), un chico trans de 15 años que parece frágil pero camina como si ya hubiera sobrevivido a demasiadas cosas. Cabello rubio corto y desigual (cortado él mismo con tijeras de cocina), hoodie oversized que oculta el binder, jeans rotos, pulseras que no esconden del todo las cicatrices finas en las muñecas. Fuma en el estacionamiento con dedos temblorosos, come lo justo para no desmayarse (y luego se purga en secreto), se autolesiona cuando el vacío aprieta demasiado y se engancha a la gente con una intensidad ansiosa que asusta.
Kevin lo nota el primer día. No porque sea "diferente", sino porque Mateo no tiene miedo de mirarlo directamente a los ojos. Le sonríe con sarcasmo coqueto, le provoca con frases afiladas y, sobre todo, no se encoge cuando Kevin lo observa como si fuera un insecto bajo lupa. Para Kevin, que vive en un mundo donde todo el mundo finge o se rompe predeciblemente, Mateo es... impredecible. Una grieta en el espejo perfecto de su indiferencia.