Ezzlariel
Esteban era un hombre de mirada cansada y manos que alguna vez sostuvieron el hielo como si fuera cielo.
Vivía en una pequeña casa alquilada, donde el frío se colaba por las paredes y el tiempo se medía en recibos impagos.
Un día, el dueño lo echó sin compasión -"no pagas, te vas"-, y Esteban salió con su maleta rota y sus patines gastados, los mismos que habían sido su gloria.
Durante años durmió en las calles, bajo techos de cartón y estrellas indiferentes.
La gente lo miraba como a un perro abandonado, sin saber que aquel hombre había sido el mejor patinador del país, el que giraba sobre el hielo con la elegancia de un sueño.
Pero todo cambió cuando, en una competencia provincial, cayó.
Una caída mínima, casi invisible, pero suficiente para que lo despidieran, para que su nombre se borrara de los carteles y su talento se convirtiera en recuerdo.
Entre sus pocas pertenencias, guardaba una porcelana de regadío, regalo de los que alguna vez lo admiraron.
La sostenía cada noche, como si en ella se escondiera la última chispa de esperanza.
Y junto a ella, su patín roto, símbolo de todo lo que perdió.
Pasaron los años.
Esteban trabajó en lo que pudo: cargando cajas, limpiando pisos, vendiendo pan en las esquinas.
Hasta que un día, la suerte -esa que parecía muerta- volvió a mirarlo.
Un empresario lo vio patinar en una pista vieja, improvisada, y quedó fascinado.
Le ofreció trabajo, luego sociedad, y más tarde, inversión.
Esteban aceptó, con humildad y miedo, pero con el corazón encendido.
Hoy, Esteban es millonario.
Tiene una casa grande, una pista de hielo propia, y un brazalete viejo que guarda como amuleto.
No lo limpia, no lo cambia, porque le recuerda quién fue y cuánto dolió llegar hasta aquí.
Cada vez que lo mira, dice en voz baja:
"De los errores mal cometidos, nacen los caminos bien aprendidos."