Una nota anónima aparece en el casillero de Hunter Donovan, el chico más idiota de la ciudad, ¿aceptará o le dará a la dueña de esa hermosa caligrafía la satisfacción de verlo declinar?
Por suerte, este chico carece de sentido común y es dueño del ego más grande que alguna vez haya existido, aunque Faith Hughes no se queda atrás, con aquella actitud terca y demasiado orgullosa. No son las personas más compatibles, más se ven envueltos en una gran aventura, juntos, ¿cómo llegaron a ello? Ni ellos lo saben, ¿qué harán al respecto? Dudo que alguien quiera saberlo, ¿por qué deciden continuar? Sólo ellos conocen sus razones y no están dispuestos a compartirlas con tanta facilidad. Odio, amor, felicidad, tristeza, peleas, discusiones, secretos, insultos, orgullo, enredos y sólo un objetivo: vencer en este juego. Ambos saben que ninguno ganará mientras el otro sea feliz.
Sabiendo las consecuencias, ¿te atreverías a jugar?
Willa no cree en las reglas. Mucho menos en las que intentan definir el amor.
Después de varias relaciones fallidas, aprendió a mantener las cosas simples: deseo, humor y cero compromisos.
Adam, en cambio, viene de una separación dolorosa y un pasado prolijo que ya no le sirve.
Lo que empieza como una amistad cómplice -con bolos, playlists ochentosas y frases cliché- se va transformando en algo que ninguno sabe nombrar.
¿Se puede construir algo real cuando nadie quiere admitir lo que siente?
Jugar el juego es una historia de vínculos imperfectos, besos que se hacen esperar, heridas que no se ven... y ganas de volver a sentir.