Por las calles de un pueblo cualquiera, caminaba una pequeña y pálida niña, de expresión triste y con el mismo vestido amarillento de todos los días. Sus pequeños pies descalzos y lastimados por las piedras del camino, sus manos frías temblando y los grandes orbes negros vagando de un extremo a otro.
Podría perfectamente ser la personificación del miedo, o de la desgracia quizás.
El sufrimiento estaba impregnado en su ser.
Pero el sufrimiento es sólo el comienzo del camino a la felicidad.
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