Después de una noche que marcó un antes y un después entre Freen y Becky, el día amaneció con silencios suaves, miradas que se esquivan y sonrisas que delatan. Ninguna se atreve a nombrar lo que ocurrió, pero ambas lo sienten: algo ha cambiado. Lo saben en la forma en que se toman de la mano al entrar a un restaurante, en los silencios que no incomodan, en los besos que no necesitan permiso. Pero también en todo aquello que no logran decirse. Para Freen, amar a Becky es un refugio... y a la vez un riesgo. El miedo al rechazo y el peso de su pasado la llevan a guardar silencio justo cuando más debería hablar. Becky, en cambio, lo siente todo a flor de piel. Está lista para quedarse, para entregarse, para construir algo juntas... pero comienza a tropezar con los muros invisibles que Freen no sabe derribar. En medio de la ternura diaria, los pequeños gestos de complicidad y una conexión que parece irrompible, se esconde una tensión silenciosa: el temor, la evasión, la duda. Y aunque se buscan una y otra vez, no siempre se encuentran. ¿Cómo se protege lo más valioso, cuando aún estamos aprendiendo a sostenerlo?
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