Recuerdo perfectamente la primera vez que lo vi. Aquel primer momento en que nuestros caminos se cruzaron. Ese instante se grabó en mi mente con una indeleble claridad. Tan nítido como el cristal más fino atravesado por brillantes rayos de sol. Tenía diez años cuando mi hermano Chanyeol lo trajo a casa para cenar. Se sentó enfrente de mí en la mesa familiar. Seguramente le parecí una idiota que lo miraba sin pestañear, pero no pareció importarle que tuviera los ojos clavados en él. Menos mal, porque ni siquiera entonces pude dejar de mirarlo. Sehun me resultó guapísimo desde aquella primera vez que lo miré con mis ojos de niña. Era simple y sencillamente guapo.
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