Te has ido, no sabés como me duele eso. Me duele que te hayás ido sin que te importará que fue de nosotros, que fue de mí, mis sentimientos. Te fuiste sin voltear atrás y yo me quedé aquí, pensando, escribiendo y llorando por vos. Ahora todo lo que escribo entre líneas lleva tu nombre. Entre palabras y sin darme cuenta, susurro tu nombre. Siempre supe que eras y éramos tóxicos, la cosa es que no me daba miedo a arriesgarme a amarte, porque me demostraste que podía valer la pena. Cuando las cosas se tornaron difíciles para mi sorpresa, decidiste partir. Dejándome con todo este amor para dar. Dejándome entre sollozos y gritos de desesperación porque pedía (y hasta la fecha pido) que no me dejés. Es patético para algunas personas supongo, el que alguien se lamente y se avergüence así por alguien. Pero habrá otras que entenderán que a veces creés que esa persona lo vale. Ahora entiendo lastimosamente que no debí acostumbrarme a vos, a tus palabras, tus risas, tu sonrisa, tus ojos, tus labios, tus locuras. Si sabías que no ibas a poder estar conmigo, ¿por qué no me lo hiciste saber antes de, maldita sea, enamorarme perdidamente de vos? Me dueles, me duele no tenerte. Pero al escribir esto sólo me doy cuenta de algo, que aún te amo. Aunque te has ido y me has dejado solo con todos mis demonios. Temo verte de nuevo y verte con alguien más porque sólo terminaría de romperme un poco más. Es estúpido aún dedicarte todo esto cuando es seguro que no lo leerás. Pero en fin, te has ido y de nuevo, aún te amo. Y pensar que por mis miedos yo fui el que se marchó.
Nunca pensé que todo terminaría así. Que en una pasantía que acepté casi sin pensarlo cambiaría mi vida de esta manera. Mi intención era sencilla: hacerlo bien, demostrar de lo que era capaz y abrirme camino en el mundo del espectáculo. Pero entonces apareció él.
Guido.
No sé en qué momento empezó todo. Tal vez fue cuando me sonrió por primera vez, con esa mezcla de picardía y ternura que sólo él sabe tener. O tal vez fue cuando me dijo que había hecho un buen trabajo, y su mirada se quedó fija en mí un poco más de lo necesario.
Me enamoré de él, sin siquiera darme cuenta. Me enamoré de su risa, de sus bromas sin filtro, de su manera de entregarse a la música como si nada más importara. Me enamoré de sus defectos, de sus inseguridades escondidas detrás de esa fachada de chico seguro de sí mismo.
Éramos diferentes. Él era un huracán, siempre en movimiento, siempre buscando más. Yo era cautelosa, analítica, tratando de no cruzar esa línea entre lo profesional y lo personal. Pero me arrastró a su mundo sin que pudiera evitarlo.
Esta es nuestra historia. La historia de cómo me encontré y me perdí en él. De cómo me enamoré de alguien a quien nunca terminé de conocer del todo. De cómo descubrí que el amor, a veces, duele más de lo que debería.