Danielle no cree en el amor. Cree en marcharse antes de necesitar, en no quedarse el tiempo suficiente como para romperse. Ángel es intenso, magnético y demasiado capaz de verla. Cuando empieza a derribar sus defensas, Danielle hace lo único que ha aprendido a hacer para sobrevivir. Huir. Dos años después, descubre que escapar no borra lo que dolió. Hay heridas que siguen abiertas, recuerdos que no se apagan y nombres que pesan más de lo que deberían. Esta vez, Danielle tendrá que decidir si vuelve a marcharse o si se queda, aun sabiendo que amar a alguien no siempre significa salvarse.
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