Escribir nos salva, nos exhorta, nos redime, nos calma, nos hace sentir vivos; y mientras lo hacemos, se disipa toda tempestad de sentirnos presidiarios en un mundo sin piedad, y volvemos a nosotros, a nuestro instinto de fantasía donde somos el rey y peón de nuestra propia imaginación, de nuestra propia historia... más al final no hay nadie, sólo el suspiro, el eco, el vacío, de una compañía que por nombre lleva Soledad.
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