Hay personas que iluminan habitaciones enteras. Alaska, en cambio, cree que solo nació para agrietarlas. Mientras su familia reconstruye un hogar feliz, luego de que su madre los abandonara, ella sin embargo, se oculta en el silencio, en la invisibilidad, sosteniendo un refugio para no derrumbarse por completo sin molestar. Hasta que la culpa la obliga a tomar una decisión. Huir. Desaparecer, para no romperla felicidad que su familia construyó, salir al mundo para ver si existe un rincón en el mundo donde realmente pueda pertenecer. Lo que no se imagina es que el camino la llevará a cruzarse con personas que se negarán a dejarla pasar desapercibida. A través de miradas, gestos y, amigos que la hacen existir, Alaska empezará a curar esas grietas como en el arte del Kinsugi. Porque a veces para repararse no es necesario esconder las cicatrices.
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