Una vez que me desperté y vi las paredes blancas que me rodeaban supe que estaba en un hospital. Estaba conectada a una máquina que medía mis pulsaciones con líneas, usaba una mascarilla de oxígeno y tenía varias vías intravenosas que me suministraban líquido que ardía. Ocurrió un día cualquiera, cuando tenía dieciocho años de edad. Excepto por un detalle: no fue un día cualquiera, fue un 12 de agosto. Y sentí mi vista nublarse; no por el dolor, no por el ardor. Poco a poco, los recuerdos volvieron a mí. Y sólo sentí deseos de volver junto a ti.
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