A veces, para ganar, hay que entregar primero. No al enemigo. No a un rey. A algo mucho más peligroso. A la ilusión de que puedes amar sin perder. Perdón por no gritar mientras me abrías el pecho, por mentirte con la lengua manchada de veneno. ¿Cómo iba a elegir la paz si nunca la conocí? Pero nunca olvides esto: el último que sonríe... nunca es el más feliz. - B.
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