¿Alguna vez has comparado a las tortugas con los humanos? Bueno, pues yo lo he hecho. Nos he comprado. Hay personas que las juzgan por esconderse ante el peligro, por resguardarse del mundo y no enfrentarlo. Todos alguna vez lo han hecho sin saber lo que pasa cuando las luces se apagan, cuando están a solas, cuando se dejan hundir por sus propios pensamientos. Es irónico que la sociedad las haga menos y aplaudan que lo hagan las personas. A nadie le importan los problemas de nadie, porque el mundo es egoísta y por eso actuamos como esos animales tan "cobardes". Si cuentas tus problemas te tachan de quejica. Por ello todos somos tortugas. Por eso nos reímos afuera y lloramos adentro. Contamos chistes afuera y nos quejamos adentro. Bailamos afuera y nos rompemos adentro descargando toda la rabia y la impotencia que cargamos. Somos tortugas que se esconden en sus caparazones cuando las cosas se ponen feas. Lloramos a escondidas cuando las luces se apagan. Cuando se cierra el telón y caemos de rodillas al suelo, arrancando con repudio esa máscara de falsa sonrisa que portamos. Y nos derrumbamos. La única diferencia entre las tortugas y nosotros, es que ellas se esconden a tiempo, antes de salir lastimadas. Mientras que nosotros aguantamos golpe tras golpe antes de refugiarnos en lo seguro. Cuando ya es demasiado tarde y estamos demasiado dañados como para estar bien. A pesar de tantos golpes, nunca aprendemos a escondernos a tiempo. En eso ellas son mejores que nosotros. Saben cuándo retirarse saben cuidarse y ponerse a sí mismas primero.
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