La llegada de Lucy a la ciudad no fue más que una casualidad. Pero para Jonathan, su aparición fue el detonante de algo mucho más profundo y oscuro. Desde el primer instante en que la vio, sintió que algo en él se rompía... o despertaba. Al principio fue curiosidad. Luego, necesidad. Y con el tiempo, lo que parecía una simple atracción se convirtió en una obsesión enfermiza. Jonathan dejó de ser el hombre reservado y metódico que todos conocían. Ahora solo vivía para verla, para seguirla, para poseerla. Porque Lucy no era solo una mujer. Era su destino. Y estaba dispuesto a todo con tal de no perderla. Incluso... a destruirla.
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