Me subí al juego, con los ojos bien abiertos, la cabeza bien alta y con el miedo de una persona antes de cometer una locura, antes de dar ese primer paso hacia el abismo, con ese miedo de caminar hacia lo desconocido, por un sendero angosto, obscuro y vacío en donde el coraje, era el único acompañante, en donde los latidos de tu corazón no importaban, en donde lo que quieres y lo que tienes que hacer están en una constante peleá, una pelea sin fin que desaprecia en sus ojos azules, miedo al futuro incierto de este juego que no conocía principio, pero tenía un fin, un fin totalmente desconocido, y ahora ya estaba metida este juego y no me quedaba de otra que jugar.
Asher pensaba que tenía una vida perfecta. Era el mejor en su equipo de hockey, tenía las mejores notas en la universidad y un grupo de amigos que parecían serle fiel.
Pero cuando conoce a Skye, la hermana de uno de sus mejores amigos cree que la chica está loca. Tiene una actitud tan dura que es difícil de romper y suele irritarlo todo el tiempo desde que se ha mudado a vivir con su hermano y él.
Y cuando los chicos del equipo le proponen que no conseguiría conquistar a alguien como Skye, lo ve como un reto que está dispuesto a jugar, una apuesta para conquistar el corazón de alguien como Skye es suficiente para que Asher acepte, pues es demasiado competitivo y no está dispuesto a perder su puesto en el equipo de hockey y pasarse el resto del año en la banca como le han apostado.
Sin embargo, a medida que conoce a Skye, Asher se da cuenta que la chica es todo lo contrario a lo que le ha tratado de demostrar, conquistarla no parece tan complicado como pensaba y el corazón de ella no parece ser el único en juego.