Nuestra ambición nos llevó a buscar entre las estrellas para convertirlas en los silenciosos testigos de nuestra decadencia. No tardaríamos en desatar la más feroz de las guerras en las frías entrañas del espacio por la dominación de un Sistema Solar que no tardó en menguar para nosotros. Los cadáveres de millones de personas flotan en ese oscuro abismo negro condenados a un naufragio errante, millones de almas desaparecidas en su negro yermo y millones de gritos silenciados en vacío infinito. No se sabe con exactitud si lo que acontecería tras la guerra más devastadora jamás vista sería causado bien por un arma terrorífica, por la ira de un dios furioso o por un benevolente acto por parte de la flamígera estrella para limpiar el tumor humano. Dio lugar el acontecimiento conocido como el Juicio Ígneo. El Sol lanzó su ira abrasadora calcinando todo lo que había a su paso, volatilizando en el proceso a Mercurio y Venus. Marte se tornó en un infierno tormentoso. La Tierra quedó inerte, convirtiéndose en una roca candente y en un horno crematorio para todo lo que en ella vivía. A los que se encontraban más allá del cinturón de asteroides les estaba esperando un destino aún peor: ver cómo la raza humana se descomponía lentamente.
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