El nombre de las estrellas - Espectro.
Morir fue lo fácil.
Llevo dieciséis años en un piso de Chicago que huele a moho y a inquilino muerto. No recuerdo mi vida. De la mujer que amé me quedan ocho cosas: un colmillo torcido, una risa ronca, olor a cáscara de naranja abierta con las uñas. Y una promesa que hice sangrando en el asfalto y de la que ya no recuerdo ni las palabras.
Me llaman espectro. Sombra. Residuo.
Yo prefiero advertencia.
El Velo tiene una regla y no admite excepciones: cada vez que uso lo que soy, me cobra un pedazo de ella.
Ocho. Y bajando.
Hasta que un chico me sostiene la mirada en un pasillo de instituto y algo, en alguna parte, deja de funcionar como debería.
Llevo dieciséis años buscándola entre lápidas.
Pero el garfio que tengo clavado bajo el esternón tira al sur. Siempre al sur. A una franja de esta ciudad donde hace cuarenta años que no entierran a nadie.
Y sea lo que sea lo que me llama desde ahí abajo, no está bajo tierra.