Han pasado casi tres años desde que Momonga gobierna en solitario la Gran Tumba de Nazarick. Sin sus antiguos compañeros, ha tomado medidas poco ortodoxas para mantener el gremio en la cima del mundo, asegurando que Nazarick siga siendo invencible pese a su soledad. El peso de la eternidad y la responsabilidad absoluta han moldeado su personalidad, volviéndolo más pragmático, calculador e inescrutable. Su risa y camaradería con los 41 son solo un eco lejano en su memoria, reemplazados por una mente fría que antepone la supremacía de Nazarick a cualquier otra consideración. Ahora, su mirada vacía es la de un soberano que ha trascendido las ataduras del pasado. Ya no es el mismo Momonga que sus amigos recuerdan.
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