Todas las personas, qué conociera o no, le decían la muy buena pareja que hacía con HyunJin, hasta su propia madre le decía que nunca lo dejara ya que era un muy buen partido, un gran hombre, trabajador, servicial, respetuoso, educado, amable y por sobre todas las cosas, amaba con locura a su hijo.
y sí, esos tres años y medio fueron buenos.
Tan buenos que se casaron.
JeongIn un año luego de la boda solo podía asentir a las palabras de su madre, sin decir nada, sintiéndose como la mismísima definición de idiota, por estar locamente enamorado y no poder dejar a su esposo. Él solo podía recordar aquellos buenos momentos con HyunJin, sabiendo que no volverían a ser lo mismo nunca.
-Prometo no llorar hoy.
-HyunIn.
Para Hyunjin, todo estaba calculado: la imagen perfecta, la vida de lujo, el apellido bien posicionado, la apariencia impecable. Su madre siempre se aseguró de que el desorden nunca entrara por la puerta de su mansión. Hasta que llegó él.
Jeongin era el hijo del nuevo novio de su madre: desalineado, impulsivo, peligroso. De clase media y con demasiadas opiniones, era todo lo que Hyunjin despreciaba... o al menos eso creía.
Obligados a convivir bajo el mismo techo como hermanastros, sus mundos se cruzaban. Lo que empieza con miradas tensas se convierte en obsesión, y lo que debería ser fraternal se tuerce en un juego silencioso de poder, deseo y contradicción.
Hyunjin lo quiere. Lo quiere de una forma que no puede contarle a nadie. Y está dispuesto a dejar todo -su imagen, su moral, incluso su cordura- por obtener lo que nunca debió querer.