Mis manos heridas se aferraron a su cuello, con ansias destripe sin consuelo. La sangre esparcida sobre el suelo me llenó por completo, aquel olor sin igual que tanto me hacía palpitar. No me importó nada, me perdí en su frescura y su delicioso sabor, otra vez de forma negativa me afectaba su dulzura y su color tan rojo como el cielo en su esplendor.
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