Los Guerreros del Sol
La noche era clara cuando La Muerte Alada descendió de las montañas. Durante años, desde su juventud más tierna, se había ocultado en las altas cumbres, en el exilio. Una madre devota había alimentado al niño con la leche de su seno. De la caza y del cielo, de las sombras de la noche, había aprendido los sufrimientos. La esencia de la dominación y la guerra fluía por sus genes, por su sangre, por cada gota de rojo en sus venas.
Y, antes incluso de su nacimiento, sus enemigos le temían. Le temían como se teme a la amenaza que no acaba de manifestarse, la que está pendiente en la luz de los días y en las medianoches, en de la sensación de un temblor en el aire; del sonido y el terror que trae la tierra; del miedo. Miedo a la muerte, a la venganza, encarnadas en él. En el día de su nacimiento, los chamanes habían predicho su llegada. Lo habían visto, en sueños, en el corazón de la pradera, entronizado en el fuego y la ira heredadas de sus ancestros.
Todos temieron el día en el que bajó de la montaña, y lo vieron. Su propósito, lo conocían. Vino a por ella; la única mujer que podía interesarle. La única que tenía derecho a pedirle que pusiera fin a su exilio. La había visto sola, bañándose en el río, y la había deseado para sí. El recuerdo de ella había poblado sus días y sus noches, acompañándolo cuando nadie más podía escucharle.