Con el paso de los años, decenas, cientos y miles de generaciones han sido testigos de cada una de las etapas de nuestro planeta, el lugar donde vivimos y en el cual creamos nuestra propia historia; una historia de la cual somos dueños, creada a través de decisiones tomadas por nosotros mismos, o, tal vez manipuladas por alguien más, momentos que recordaremos de una manera especial, o, que quizá querramos eliminarlos de nuestra memoria, pero que cada uno de ellos nos hará crecer como persona, ya está en nosotros si buscamos dejar una marca y de que modo para que nuestro nombre sea recordado.
Está en nosotros si creamos una versión original como persona, sin miedo a las críticas y al éxito; tú más que nadie que está leyendo esto, has vivido o estás por vivir lo que es el "rechazo a tu generación" donde te cuestionan cada acción que llevas a cabo, cada paso que das, tratando de no dejarte avanzar y quitándote la oportunidad de experimentar, de vivir y de disfrutar lo que fue, es o será tu juventud, la etapa más criticada en la vida pero también la más realizada.
Actualmente la realidad que nos ha tocado a las nuevas generaciones es un tanto dura y cruda, buscamos sobrellevarla a nuestro modo, y al parecer eso nos convierte en PECADORES
A veces, las historias que no llegan a ser son justo las que más nos marcan. No por lo que fueron, sino por todo lo que prometían y jamás lograron ser. Esta no es una historia de finales felices ni de amores correspondidos.
Es una historia construida con silencios que gritaban más que cualquier palabra, con abrazos que sabían a despedida antes de tiempo, con miradas que querían quedarse pero no supieron cómo.
Es el relato de un corazón joven tratando de entenderse en medio del ruido, en medio del miedo, en medio de un mundo que no siempre tiene espacio para lo que se sale del molde. De lo que nunca se dijo pero se sintió hasta doler. De lo que existió en lo escondido, sin nombre, sin permiso, pero con la fuerza de lo que se lleva dentro.
Porque hay amores que no necesitan llamarse para doler.
Que no necesitan haber sido del todo para dejar cicatrices reales. Y aunque no tengan un final contado en voz alta, se quedan. Se quedan en la piel, en los recuerdos, en lo que somos después de ellos.