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La verdad
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WpMetadataNoticeÚltima publicación mar, jul 1, 2014
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Ficción
Ciencia Ficción
Abrio las pesadas puertas de madera de un solo empujon, y siguio su apurada marcha. El calabozo estaba sumido en una oscuridad inquietante, solo unas esporadicas antorchas iluminaban su paso. A sus costados un murmullo noctambulo se iba elevando gradualmente. Provenia de las jaulas. Amotinados y salvajes,nada que le importase. Algunos metros atras suyo, dos sacerdotes intentaban convencerlo de que cese su avanze. No lo lograrian. Nada podria detener a Juan Luis. No despues de lo que le habian confesado, de lo que habia oido y lo que ya sospechaba. Otras dos puertas se interpucieron en su camino, su armadura de acero resonaba en la penumbra a cada movimiento. No tardo en dejar las puertas detras. Deseo calmar sus pensamientos, acallar sus dudas. Deseo nunca haber cruzado el inmenso oceano, no haber ido a parar a esa Abadia. Deseo no ser quien creia ser hasta ese momento, Capitan Juan Luis Diaz de Leon, Pretorial y responsable de las milicias de la Mision de Santa Lucia. Nombrado Conquistador por los mismisimos Reyes Catolicos, jurado solemne lealtad a la Gran España, subdito abnegado y devoto de Dios Purisimo y orador de su Santo Evangelio. Titulos, responsabilidades,lugares, palabras...nada. Deseo que la noche y el misterio lo engulleran para siempre. Deseo que ese corredor, esas puertas, ese murmullo cual niebla y esos gritos a su espalda nunca terminen. Nada de lo que ansiaba se cumpliria. La ultima puerta se abrio de par en par y dejo resonando en el ambiente un ruido seco. Un par de precarios faroles a vela alumbraban a duras penas la jaula que estaba en medio de la habitacion, sola, apartada de las paredes, repleta de cadenas en sus esquinas aferrandola al suelo. Barrotes oxidados y sombras mantenian encerrada a aquella criatura...
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La oscuridad tenía su propio idioma. Una entidad viva que respiraba entre las sombras. Sebastián Hidalgo había pasado años esquivándola, negándose a aceptarla, aunque su vida entera había estado marcada por su presencia. Todo comenzó con la desaparición de su hermana Ana. Él tenía dieciséis años cuando ella se esfumó sin dejar rastro. La casa que una vez fue cálida se convirtió en un mausoleo de recuerdos. La risa de Ana dejó de llenar los pasillos. Su madre se hundió en la desesperación, su padre se aferró a la religión. Pero Sebastián buscó respuestas en otro lugar: lo oculto. A lo largo de los años, estudió textos prohibidos, viajó a lugares olvidados y se sumergió en las sombras que su familia evitaba. Encontró testimonios de desapariciones similares, relatos de aquellos que aseguraban haber oído voces en la noche. Todo lo condujo hasta aquí: una iglesia en ruinas, un altar profanado y un grimorio con páginas que latían como si tuvieran vida propia. El aire estaba pesado, cargado de un silencio antinatural. Sobre el altar, Sebastián dispuso los elementos del ritual: cuatro velas negras, una copa de ron, cenizas de sacrificios pasados. Su mano temblorosa pasó cada página del libro hasta encontrar la frase que sellaría su destino: "Aquellos que descienden al abismo no regresan intactos. Pero tú, mortal, ¿qué elegirías? ¿La paz de lo conocido o el eco siniestro de lo que perdura?" Encendió las velas y sintió un escalofrío recorrer su espalda. Luego, con el cuchillo ceremonial, hizo un corte en su palma y dejó que su sangre cayera en la copa. Sus labios pronunciaron las palabras prohibidas. El aire vibró. Al principio, fue un murmullo lejano, un eco de voces que no pertenecían a este mundo. Luego, la oscuridad pareció palpitar, como si algo antiguo despertara en su interior. Las llamas de las velas parpadearon y se extinguieron de golpe. Un frío antinatural lo envolvió. Y entonces, la escuchó. -Sebastián.

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