16 de julio

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WpMetadataReadConcluída sáb, nov 5, 2022
16 de julio de 2020. Un señor muy importante para mí decidió quitarse la vida de la manera más salvaje posible, dejó a un lado suyo una nota que decía: "mi esposa e hijos saben por qué lo hice". Aún puedo recordar el olor a putrefacción que invadió aquella habitación oscura, no se borra de mi memoria las paredes manchadas de su sangre. Alfredo murió de la única manera que conocía, atrozmente. Y a pesar de los gritos, las maldiciones y su escasa capacidad para hablar por la droga consumida, sé que él era más que eso, más que esa última imagen que tengo de él en vida. Mi abuelo era más que aquellos 16 pinchazos en el estómago, más que la navaja con la que decidió arrancarse la piel, mucho más que la cuerda sujetada a su cuello, más que aquel cuerpo frío y tenso que reposaba sobre una silla del comedor. Alfredo era mucho más de lo que él deseaba mostrar. Y a mí, su nieta, solo me queda el silencio y consumirme en el hubiera, unas últimas verdades expuestas a modo de carta, que deseaba que él en algún momento leyera. Lamentablemente, no sé si para él o para mí, ya era demasiado tarde.
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No recuerdo exactamente cuándo empecé a sentir que mi existencia era una carga. Tal vez fue en la secundaria, cuando aprendí que ser diferente era motivo de burla. O quizás mucho antes, cuando empecé a ver en los ojos de mi padre ese desprecio disfrazado de indiferencia. Mi nombre es Antonio Alves. Tengo 24 años, y durante mucho tiempo, viví convencido de que el mundo estaría mejor sin mí. Fui criado por dos mujeres fuertes: mi madre, Lucía, y mi abuela Julia. Ellas intentaron darme todo el amor que mi padre, Álvaro, siempre se negó a ofrecerme. Pero a veces, el amor no alcanza para protegernos de todo. Las cicatrices invisibles suelen doler más que las que sangran. He intentado desaparecer. Más de una vez. Y no lo digo con orgullo. Lo digo porque es parte de mi historia. Vivo con una constante ansiedad que me aprieta el pecho como si alguien se sentara sobre mí. Me cuesta respirar, pensar, existir. Y cada día que pasa, me pregunto cómo sería sentirme... normal. Sentirme bien. Hasta que un día, él apareció. Adrián Delucca. Veinte años, sonrisa fácil, mirada transparente. Tan lleno de luz que al principio me molestaba. ¿Cómo podía alguien mirar la vida con tanta esperanza después de tanto dolor? ¿Cómo podía ser tan libre, tan él mismo, sin pedir perdón por existir? No sabía que al conocerlo, mi mundo iba a empezar a cambiar. Que con cada palabra suya, cada gesto, cada silencio... yo iba a empezar a reconstruirme. Y aunque todavía tengo miedo, y muchas veces las sombras me susurran cosas feas... por primera vez, siento que hay algo -alguien- que vale la pena intentar.

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