Del suelo a nuestras manos
Cuando Karasuno anunció que Hinata Shouyou sería titular fijo, nadie imaginó que un solo jugador nuevo cambiaría todo.
Llegó silencioso, carismático, perfecto. En semanas, el equipo que alguna vez fue familia se convirtió en tribunal. Y Hinata, el mismo que había dado todo por ellos, pasó de ser el héroe a ser el estorbo. Las miradas se volvieron cuchillas. Los abrazos, empujones. Y el amor de sus compañeros encontró un nuevo dueño.
Hinata solo quería jugar.
Pero cuando el vestuario elige a quién querer y a quién destruir, no hay remate que alcance.
Lo echaron. Literalmente. Con gritos. Con portazos. Con un "lárgate" que retumbó más fuerte que cualquier pelota contra el suelo.
Lo que Karasuno no sabía era quién lo estaba esperando afuera.
Inarizaki tenía los brazos abiertos. Y Suna Rintarou, el que nunca mira a nadie, ya no podía dejar de mirarlo.
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Lo botaron. Nosotros lo levantamos.
Ahora es nuestro. Para siempre.