Era una bomba de tiempo, ni las casualidades ni el destino podrían haberlos juntado tanto como sus propias ganas de aferrarse a demostrar que podían caminar junto al otro sobre ese precipicio sin caer. Un joven con ojos que prometían traer problemas a montones, sostenía la sonrisa en su rostro cada vez que él aparecía, aquel controlado y calculador sujeto. Desde la primera vez que compartieron un cigarro hasta la última vez que se llamaron por su nombre, el mundo entero se prendia fuego cuando estaban cerca. Encaminados de la manera más arriesgada en la vida del otro como si de ello lo dependiera seguir respirando: involucrarse de más a veces descarrila las historias de amor como menos se lo podrían haber imaginado.
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