Bajo la luz de la luna y las estrellas, dos corazones rotos tarareaban, con la culpa de mejor amiga, la inseguridad sobándoles las espaldas y la valentía escondida en un rincón.
Danzaban uno en cada esquina, siguiendo aquella melodía, que incrementaba su intensidad a medida que ambos se acercaban.
Danzaban con los ojos cerrados, como si fuesen los dueños del mundo.
Danzaban con los ojos cerrados, sin prisa, a pasos pausados, como si el tiempo no avanzara.
Quizás danzaban con los ojos cerrados, queriendo desaparecer, queriendo ignorar el exterior, fingir que no existe un pasado oscuro y tormentoso, fingir que nada pasó. Fingiendo que nada, más que ellos dos, existe.
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