Te imaginé tantas veces, en mis noches rotas, como la princesa que esperaba en una torre hecha de odio y fuego. Y yo... el guerrero, el que cruzaba desiertos de sangre para salvarte. Pero no eras tú la que necesitaba ser salvada. Eras tú quien sanaba. Con manos pequeñas, con mirada azul como el cielo que nos negaron, con voz de hogar en medio del infierno. -Fuiste más valiente que yo -te dije- mientras el mundo callaba. Fuiste tú quien me rescató del abismo en el que yo mismo me arrojé. Y tú me miraste con ternura de antaño, como si aún fuéramos niños, como si nunca nos hubieran quitado la inocencia. Y por un instante, en tus ojos volvió a nacer la luz. Esa que arde -no para destruir- sino para recordar que el amor, como la libertad, arde en silencio... pero nunca muere.
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