Penumbra || 50SdG

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WpMetadataNoticeLast published Thu, May 25, 2023
La venda en mis ojos me mantiene sumido en la oscuridad; tengo mis muñecas atadas con cuerdas, las cuales, hacen su camino alrededor de mi torso, marcando un harnes en forma de pentagrama; el tapete protege mis rodillas, pero a medida que pasan los segundos la postura empieza a parecerme incomoda. El silencio es interrumpido por el sonido de sus tacones caminando alrededor de mí, intuyo que me examina, como el depredador que vislumbra a su presa y la saborea con la mirada. Sin previo aviso, siento sus uñas hacer siluetas contra la piel de mi espalda, me duele, mucho, pero hago lo posible por mantenerme quieto a pesar del dolor. - ¿Te duele, muñeco? - Pregunta con cinismo en su voz, puedo escuchar como sonríe por la forma en la cual lo dice. - No, Señora. - Bien dicho. - Agrega, sin detenerse, los rasguños no son hechos al azar, escribe algo en mi espalda. Se detiene, para dejar un fugaz beso en la unión entre mi cuello y mi hombro; mi piel se estremece ante el tacto de sus labios. Empieza a dejar un camino de besos fugaces a lo largo de mi cuello, subiendo hasta mi oreja. - Eres mío - Susurra, con voz sensual contra mi oído y con la certeza de quien tiene en sus manos una posesión preciosa. - Eres mío - Dice de nuevo, llenando cada espacio de mi mente, hasta lo más recóndito de mi conciencia empieza a repetir esas dos simples palabras. La escucho sonreír, no necesita que se lo diga, ya lo sabe, lo supo desde el momento en el cual nos conocimos, el pensamiento incita un leve escalofrío que recorre mi espalda. Estoy extasiado de ella; de lo que provoca en mí, ha derribado mis barreras y se ha escabullido bajo mi piel sin yo notarlo. En ese momento, dejo de poner resistencia, dejo caer mis barreras y pronuncio las palabras que han estado atoradas en mi garganta desde hace semanas. - Soy suyo, Señora.
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La puerta se cerró con un leve chasquido, pero el verdadero estruendo fue dentro de mí. Ella no tenía derecho a estar aquí, pero tampoco tenía derecho a mirarme así, con esos ojos encendidos, esa boca entreabierta que suplicaba ser poseída. -Sabes que esto es un error... -gruñí, sintiendo mi control desmoronarse. Ella no respondió. Solo dejó caer su chaqueta, deslizándola por sus hombros hasta el suelo. Debajo, su piel brillaba con la tenue luz de la habitación, su respiración entrecortada, sus pezones endurecidos bajo la tela fina de su blusa. Mierda. Mis músculos se tensaron, mis puños se cerraron. Pero cuando sus manos trazaron un camino ardiente sobre mi abdomen, la bestia dentro de mí despertó con hambre voraz. -Ahora soy tuya, mi general -susurró contra mi oído, con la voz más pecaminosa que había escuchado jamás. No hubo vuelta atrás. La empujé contra la pared, atrapando sus muñecas sobre su cabeza mientras mi boca reclamaba la suya con fiereza. Su lengua se enredó con la mía en un beso feroz, húmedo, insaciable. Desgarré la blusa, arrancando el sujetador sin importarme nada más que sentir su piel contra la mía. -Vas a recordarme cada vez que respires -gruñí contra su cuello antes de hundirme en él con besos y mordiscos. Ella jadeó cuando mi lengua descendió, jugando con sus pezones, devorándolos hasta que su espalda se arqueó en un gemido desesperado. Sus uñas se clavaron en mis hombros cuando la levanté en brazos y la lancé sobre la cama. La despojé del resto de su ropa en segundos, besando, lamiendo, mordiendo cada centímetro de su piel hasta que su cuerpo se retorcía bajo el mío. Cuando mis labios encontraron su centro húmedo, gritos ahogados escaparon de su boca. La sostuve contra el colchón mientras mi lengua la desarmaba, mientras su cuerpo se estremecía una y otra vez con orgasmos tan intensos que apenas podía respirar. Pero no había terminado con ella.

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