Él no debió morir. Había sido un accidente. El silencio que siguió, en cambio, fue una decisión.
Willem, Asher, Clementine y Christopher cargan con la culpa como si fuera una segunda piel, mientras intentan fingir normalidad entre clases, pasillos y el susurro constante de lo que escondieron.
Esta no es una historia sobre un crimen, sino sobre lo que ocurre después. Es la historia del momento en que uno de ellos empieza a quebrarse, cuando las miradas ya no se sostienen y las palabras no dichas se vuelven demasiado pesadas.
Una sola grieta basta para que todo se derrumbe; porque aunque parezca que el silencio los protege, basta un silbido para desenterrar lo que hicieron.
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