Queda el eco de lo fuimos,
las lágrimas que regaron nuestra tierra,
las risas que iluminaron
momentos que creímos olvidados.
Queda la memoria de los sueños rotos,
de los pinceles secos,
de los escenarios que nunca escucharon nuestra voz,
y aun así, queda la fuerza
de seguir creando,
de seguir soñando,
aunque sea con pedazos.
Queda la vida,
con su luz y su sombra,
con su caos y su belleza,
y queda la posibilidad
de mirar el mundo
con ojos que saben lo que duele
y corazones que saben lo que ama.
Al final,
queda lo más simple,
lo más profundo,
lo que siempre estuvo:
nosotros mismos,
intactos,
aunque diferentes,
aunque cambiados,
capaces de volver a mirar,
volver a soñar,
volver a respirar.
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