A veces me pregunto si la culpa fue mia. Quizas, si no hubiera nacido, mi madre no habría muerto. Cuando tenía 13 años, mi padre me contó que, el día en que mamá rompió aguas, él se encontraba en el trabajo. Mi madre llamó a un taxi, y se dirigió al hospital. Mi padre se enteró cuando la enfermera le llamó diciendo que su mujer estaba a punto de dar a luz, y que se diera prisa. Mi padre dejó todo lo que estaba haciendo en ese momento y, mientras corría hacia el hospital, gritaba a todo volumen que iba a ser padre. Él estaba muy feliz, hasta el momento en que tuvo que entrar en la sala de partos donde estaba mi madre conmigo en brazos. Una enfermera paró a mi padre, el cual su único deseo era vernos a las dos, apartó a la enfermera y entró en la sala. Se acercó a mí, y me contempló como si fuera la cosa más bonita de todo el universo. Dos enfermeros me cogieron para ponerme una mantita, y mientras, mi padre se acercó a mamá. Él pensó que a causa del cansancio, había cerrado los ojos para descansar. Le dio un gran beso, y, al ver que no se movía, empezó a preocuparse. Comenzó a gritarle, pero ella no respondía. El doctor se acercó a mí padre, y le dio el pésame. Mi padre rompió a llorar, y lo único que hacía era abrazar a mamá, y esperar a que fuera una broma de mal gusto, pero no fue así. La cruda realidad le abofeteó en la cara. Un enfermero me llevaba en brazos, y mientras mi padre todavía estaba junto al cuerpo de mi madre, me acercaron a él. Papá me cogió en brazos, y miró mi carita. Yo era tan sólo un bebé, una criatura pura, sin maldad. Y lo único que pudo hacer al verme, fue sonreír.
Cuando me contó lo que pasó, eché a llorar. Mi padre me abrazó, se levantó y buscó algo en una de los armarios. Sacó una caja, la cual parecía vieja, y sacó unas fotos. No sabía bien que era lo que estaba viendo, hasta que mi padre me dijo, que la mujer que había en las fotos, era mi madre.
Yibo ha cargado con demasiado desde muy joven: una infancia truncada, un pasado manchado por el dolor, y la pérdida de aquello que más amaba. Tras ser acogido por una tía distante, la vida no le dio tregua. Creció en la sombra de la soledad, endurecido por el abandono y forzado a sobrevivir en un mundo donde el amor parecía no existir.
Ya en la adultez, intenta abrirse camino como puede, entre apuestas clandestinas y decisiones arriesgadas. Pero el destino, cruel y despiadado, vuelve a golpearlo. Lo que parecía una racha de suerte termina arrastrándolo a un abismo físico y emocional del que no hay salida fácil.
Ares, un hombre de poder y silencios, entra en su vida para ayudarlo... o quizá solo para ser testigo de su caída. Rodeado de amigos del bajo mundo, de rutinas que duelen y de una mente que comienza a quebrarse, Yibo se encuentra a sí mismo en lo más inesperado: la compañía de un gato que aparece justo cuando más lo necesita.
Pero a veces, incluso el consuelo puede ser un eco de lo que falta.
Con el tiempo en su contra, Yibo descubrirá que la fantasía puede ser el único refugio real, y que hay promesas que, aunque pequeñas, significan todo.
Porque a veces, lo único que un hombre roto necesita... es que alguien cuide de lo que más ama.