Ella siempre supo quién quería ser. No era fácil, pero lo tenía claro: actuar, sentir, convertirse en mil vidas... hasta encontrar la suya. Él, en cambio, nació con un sueño que hacía ruido. Luces, escenarios, miles de voces coreando su nombre. La música no era un camino... era su destino. Vivían en mundos distintos. Ritmos diferentes. Historias que nunca debieron tocarse. Hasta que una noche cualquiera... ella lo encontró. No en persona. No de frente. En una pantalla. Y algo cambió. Él brillaba. No solo por lo que hacía... sino por lo que transmitía. Ella lo miraba como si, por un momento, todo dentro de ella dejara de doler. Pero lo extraño no fue eso. Fue lo que vino después. Porque al cerrar los ojos... ya no estaban solos. Un mismo lugar. Una misma sensación. Una conexión que no pedía permiso... ni explicación. Dos vidas que nunca se cruzaron... empezaron a encontrarse donde nadie más podía ver. En sueños. Ahora la pregunta no es cómo se conocieron. Es... si lo que sienten es lo suficientemente fuerte como para romper la distancia, la realidad... y encontrarse de verdad. O si están destinados... a existir solo cuando el mundo se apaga.
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