Las malas rachas llegan, llegan tan fuerte como las tormentas en altamar, como lo hace una gran tormenta de arena en El Cairo que recubre cada rincón de los edificios que lo conforman. Las adaptaciones duelen, cuestan y sangran. Cuando te ves orillado a no poder dar un paso más, cuya acción sea de tu poder, se vuelve un gran dilema personal que se lucha justo en la consciencia. No saber en qué momento dejar de luchar ante un futuro inminente, donde sabes perfectamente bien que llegará el fin, es tan abrumador pues se ven implicadas tantas emociones, como si de cuchillas se entrecruzaran dentro de nuestra memoria.
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