32 parts Complete No recuerdo exactamente cuándo empecé a sentir que mi existencia era una carga. Tal vez fue en la secundaria, cuando aprendí que ser diferente era motivo de burla. O quizás mucho antes, cuando empecé a ver en los ojos de mi padre ese desprecio disfrazado de indiferencia.
Mi nombre es Antonio Alves. Tengo 24 años, y durante mucho tiempo, viví convencido de que el mundo estaría mejor sin mí.
Fui criado por dos mujeres fuertes: mi madre, Lucía, y mi abuela Julia. Ellas intentaron darme todo el amor que mi padre, Álvaro, siempre se negó a ofrecerme. Pero a veces, el amor no alcanza para protegernos de todo. Las cicatrices invisibles suelen doler más que las que sangran.
He intentado desaparecer. Más de una vez.
Y no lo digo con orgullo.
Lo digo porque es parte de mi historia.
Vivo con una constante ansiedad que me aprieta el pecho como si alguien se sentara sobre mí. Me cuesta respirar, pensar, existir. Y cada día que pasa, me pregunto cómo sería sentirme... normal. Sentirme bien.
Hasta que un día, él apareció.
Adrián Delucca.
Veinte años, sonrisa fácil, mirada transparente. Tan lleno de luz que al principio me molestaba. ¿Cómo podía alguien mirar la vida con tanta esperanza después de tanto dolor? ¿Cómo podía ser tan libre, tan él mismo, sin pedir perdón por existir?
No sabía que al conocerlo, mi mundo iba a empezar a cambiar.
Que con cada palabra suya, cada gesto, cada silencio... yo iba a empezar a reconstruirme.
Y aunque todavía tengo miedo, y muchas veces las sombras me susurran cosas feas... por primera vez, siento que hay algo -alguien- que vale la pena intentar.