Antes de que el río decida
Dicen que el Manuripi no se atraviesa: se acepta.
Durante siete días, el río no solo arrastra embarcaciones, también desordena recuerdos, afloja certezas y pone a prueba la forma en que uno se mira a sí mismo cuando cree estar acompañado.
La selva no anuncia sus intenciones. De día parece generosa, incluso dócil; de noche se repliega y observa. Todo ocurre bajo esa vigilancia silenciosa: las decisiones pequeñas, los gestos mínimos, las miradas que duran un segundo más de lo razonable. Nada parece grave en el momento, pero todo deja huella.
Viajé creyendo que la aventura estaba afuera: en el agua oscura, en los motores que fallan, en los caminos que no figuran en los mapas. No sabía -o no quise saber- que el verdadero riesgo se parece más a una voz baja, a una presencia que no exige pero insiste, a algo que se instala sin pedir permiso y empieza a alterar el pulso de lo cotidiano.
Azucena llegó así.
Sin estruendo.
Sin promesas.
Como llegan las cosas que no se pueden explicar sin estropearlas.
Esta no es una historia de traiciones visibles ni de pasiones desbordadas. Es la crónica de una tensión silenciosa, de una convivencia frágil entre lo correcto y lo posible, entre lo que se vive y lo que apenas se piensa. Durante siete días, el Manuripi fue testigo de todo. Incluso de aquello que nadie se atrevió a nombrar.
Porque en la selva, como en la mente, no todo lo que existe deja huellas...
pero todo lo que deja huellas, cambia el rumbo.
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