Dicen que dura siete días. Que es como una fiebre, como un resfriado del alma. Te toca, te revuelca por dentro y luego te deja. Así de simple. Así de absurdo. Durante ese tiempo -esa semana suspendida en el aire- puedes volverte paranoico, ver criaturas que nadie más ve, llorar sin razón, sentirte Dios o sucumbir al vacío más absoluto. Pero al octavo día... Vuelves a la normalidad. O eso es lo que dicen. Nadie quiere hablar del día nueve. Ni del diez. Ni de aquellos que nunca regresan del todo. ¿Y si no es un virus? ¿Y si es una grieta? ¿Una que no se cierra, sino que crece? ¿Y si no estamos enfermos... sino despertando? Yo solo vendía manzanas. Y un lunes por la mañana, empecé a ver cosas. Y a él. Ciro. El principio del fin nunca llega con un estruendo. A veces comienza con una mirada, con un murmullo. O con una fruta podrida que nadie compró.
More details