









La vida entera de Hannah se había vuelto un tétrico espectáculo en el que héroes y villanos cambiaban de máscara antes de que pudiera identificarlos. En el caos de su puesta en escena cada persona se veía diferente según qué luz la iluminara. Y lo que más le aterraba, era que había dejado de saber si era una simple espectadora o la protagonista de una obra de la que no podía adivinar el final.
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