La casa del dolor

La casa del dolor

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WpMetadataNoticeLast published Mon, Apr 15, 2024
Otra noche igual a las anteriores desde hacían tanto tiempo que ya ni recordaba cómo eran antes las cosas. Se internó en el lavabo, abriendo el grifo de agua fría y mojándose la cara. Se miró al espejo un segundo mientras las gotas caían por su cara. Una noche más, una nueva transformación, una nueva función estaba por empezar. No era fácil para Iruka soportar la enorme carga emocional que conllevaba ese trabajo. Pero para Kyuubi, al igual que para Sharingan o Shukako era otra cosa. En el mismo instante en que el castaño cubría su rostro con aquel antifaz de cuero oscuro dejaba atrás al chico dulce y soñador esperando en aquel cuarto desbaratado hasta que el amo Kyuubi acabara. Era una de las normas que él mismo se había impuesto desde el primer momento en que pisó ese lugar. Lo que pasara entre esas paredes, se quedaría entre esas paredes. Kyuubi e Iruka jamás serían la misma persona. No podía permitirse ese lujo. Bajó las escaleras lentamente, caminado con paso firme hasta llegar al lugar donde él era dueño y señor. El sitio donde él sabía que ya habría un alma esperando a ser sometida con severidad e indulgencia a la vez. Era su reino, su castillo; su mazmorra.
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En una pequeña y deteriorada casa al final de una calle secundaria en Tokio, vivía Utahime Iori, una joven de 17 años, delgada, de piel pálida y con una mirada melancólica. Sus ojos eran de un tono castaño oscuro que brillaban con dulzura cuando sonreía, aunque ya casi nunca lo hacía. Su largo cabello negro azabache siempre estaba recogido en una trenza simple, y aunque su ropa era modesta y muchas veces remendada, siempre olía a flores frescas, por su trabajo en la floristería. Utahime vivía con su padre, Masamichi Yaga, un hombre corpulento, de rostro endurecido y barba desordenada. Desde la muerte de su esposa -una mujer cálida que sufría de una enfermedad -, se había entregado por completo al alcohol. No trabajaba, apenas salía de la casa, y en los peores días, culpaba a Utahime por la muerte de su madre. Las palabras que salían de su boca eran crueles, llenas de resentimiento, y a veces, incluso acompañadas de golpes. Utahime cubría los moretones como podía, con maquillaje barato o mangas largas, mientras fingía que todo estaba bien. Nadie en su escuela lo sabía. Solo la señora Kaori, la dueña de la floristería donde trabajaba, era consciente de algo. Kaori la trataba como a una nieta, le daba sobras del almuerzo, y muchas veces le ofrecía quedarse a dormir en la tienda, pero Utahime siempre volvía a casa, no por su padre, sino porque quería cuidar el poco recuerdo intacto de su madre que aún quedaba allí. Al otro lado de la ciudad, en una de las zonas más exclusivas y protegidas por seguridad privada, se alzaba una mansión blanca rodeada de cerezos. Allí vivía Satoru Gojo, el hijo del magnate Inosuke Gojo, dueño de múltiples corporaciones a lo largo de Asia, y de Mikoto, una artista famosa retirada que ahora dirigía fundaciones de ayuda humanitaria. Mikoto era cálida y serena, siempre con una sonrisa sutil y manos cubiertas de pintura; su esposo, un hombre de negocios exigente, había criado a Satoru con disciplina pero

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