Mi oscura epifanía

Mi oscura epifanía

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WpMetadataNoticeLast published Mon, Jul 6, 2020
"¡Ojos verdes!" Se levanta de su particular precipicio y ahí está la muerte, tendiéndole la mano, recogiéndolo de su caída. Un prado, verde como sus ojos, se extiende bajo las nubes que no se ven, nubes que han quedado reducidas a estelas de humo en la madrugada soleada. La parca lo persigue en una danza que forma un juego de niños. Ríen, hablan, corren. Él la ama de aquella manera que prometió que la amaría siempre. Las nubes empiezan a acariciar su pelo, su piel, su rostro y su cuerpo, con suaves gotas de lluvia que mojan sus ropas y provocan que tirite de frío. Escucha su risa, la de la parca, a lo lejos. Asustado, sin saber por qué, grita, corre, huye. Dibuja círculos en ese prado, y su cerebro no le indica a sus pies que no llevan ninguna dirección. Le busca a sus espaldas, escudriñando cada matorral con la mirada, escaneando el lugar para encontrarle. Pero él no está, se ha ido. Y, sin embargo, sigue escuchando su risa, la misma de cada vez que lo dañaba. El chico de los ojos verdes no tiene los ojos verdes. El chico de ojos verdes se ha quedado dormido, para siempre, con los ojos abiertos y el reflejo en sus ojos del césped verde en la nocturnidad iluminando por farolas colorea su iris del tono que se le antoja, semejante a sí mismo. Un hilo de sangre decora su frente y tiñe su melena. El chico de los ojos verdes ya no tiene los ojos verdes...
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Desde que tengo memoria, siempre he preferido la soledad. No porque odie a las personas, sino porque el ruido del mundo siempre ha sido demasiado para mí. En la universidad, me he convertido en un espectador de la vida, alguien que observa desde la distancia sin intervenir. No hay sobresaltos, no hay emociones desbordantes, solo la tranquilidad de mi rutina y los libros que me acompañan. Sin embargo, todo cambió una noche. La luna brillaba con un fulgor extraño, como si el cielo mismo estuviera a punto de revelar un secreto. Caminaba por el parque cercano a la universidad, sumido en pensamientos sobre mi última clase, cuando un resplandor dorado apareció ante mis ojos. Delante de mí, entre los árboles, se formó una especie de portal reluciente. Antes de que pudiera reaccionar, una chica cayó a través de él, aterrizando justo frente a mí. -¡Ay! -se quejó la chica, llevándose una mano a la cabeza. Di un paso atrás, sorprendido, pero luego me acerqué con cautela. La joven tenía el cabello largo y castaño, y sus ojos brillaban con una energía chispeante. Su vestido, hecho de una tela etérea y resplandeciente, parecía sacado de un cuento de hadas. -¿Estás bien? -pregunté con voz baja y prudente. La chica levantó la vista y sonrió, con una expresión que iluminó la oscuridad a su alrededor. -¡Hola! Soy Lara -dijo con una alegría desbordante-. Parece que he aterrizado en un mundo diferente. Parpadeé, sin saber cómo responder. ¿Mundo diferente? ¿Qué significaba eso? Mi vida monótona y racional acababa de volcarse en algo imposible. Pero cuando vi la sinceridad en los ojos de Lara, supe que mi mundo nunca volvería a ser el mismo.

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