Soy el tiburón de los negocios. Fusiones, adquisiciones, la misma fórmula de siempre: comprar barato, inyectar tecnología, vender caro. Me dio más riqueza de la que alguna vez creí posible. Siete años desde que fundé la empresa. Cero días libres. Mi vida cabe en pantallas, contratos y vuelos nocturnos. Sin horarios, sin otra prioridad. Y, sin embargo, últimamente me sorprendo preguntándome para qué. Todos los aeropuertos se parecen. Ninguna ciudad me pertenece. Hasta que la conocí. ¿Qué demonios te pasa, Grey? La idea me irrita. No me siento cómodo conmigo mismo ni con nada a mi alrededor, salvo cuando estoy con ella. Sus ojos azules reducen el resto del mundo a un murmullo. Su risa se me queda grabada. Somos opuestos. Ella vive hacia afuera: dice lo que piensa, ocupa el espacio, no pide permiso. Yo opero desde los márgenes, con un pasado que guardo bajo llave y un control que no negocio. Lo que en ella es impulso, en mí es cálculo. Lo que en ella es apertura, en mí es táctica. No puedo arrastrarla hacia mi órbita. Alguien como yo terminaría apagando lo que la hace única. Pero cuando la imagino lejos, todo vuelve a sentirse estrecho y silencioso. La verdad es simple y peligrosa: desde que la conocí, cada pensamiento encuentra el camino de regreso a ella. Y por primera vez, no estoy seguro de querer escapar.
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