La quimera

La quimera

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WpMetadataNoticeLast published Sun, Dec 13, 2020
Atención: este relato contiene abundantes escenas gráficas poco recomendadas para personas sensibles. «Y Aster cayó empujada desde los cielos por su propia sangre, mas la prisión terrenal a la que fue encadenada solo alimentó la fiereza de sus ojos. Aprendió sola el arte del dolor y, con la fuerza de un dios, sepultó a todos sus enemigos bajo la hoja de una espada y la sombra de sus alas colosales hechas de devoción. » Bajo todas esas estepas de almas nubladas yacen los sueños de los mortales, que lloran a sus padres por ver un exterior permanentemente gris.
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Los dioses no temen la guerra. Temen el deseo. En la penumbra del Olimpo, las Moiras tejían un hilo dorado que latía con una fuerza indomable. Susurros de un destino imposible se filtraron en el mármol sagrado, arrastrando consigo el eco de una advertencia: "Cuando la hija del pecado y el error despierte, los corazones divinos caerán en su trampa. Cuatro dioses la desearán, cuatro mundos se inclinarán ante su furia. Si su ira arde, no habrá Olimpo, ni Inframundo, ni campo de batalla que sobreviva a su sombra. Porque ella no es una mortal. Ni siquiera una diosa. Es el caos encarnado, la grieta en el orden eterno." Zeus sintió el peligro en cada palabra, pero no pudo apartar la mirada. Hades pensó en lo inevitable, en lo que significa amar a una criatura destinada a la ruina. Apolo sintió el sol temblar, atrapado en su propia luz. Ares, con su sonrisa feroz, entendió que por primera vez conocía la guerra que jamás podría ganar. Lejos de su mirada, en el rincón olvidado del mundo, una estatua se quebró. Las olas la abrazaron, y la piedra respiró. Asha Kaelione abrió los ojos. Y los dioses, sin saberlo, ya estaban perdidos.

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