Abdamarie Granger no creía en el amor. Creía en el sistema nervioso, en las reacciones químicas, en el efecto placebo y en las malas decisiones. Según sus cálculos, cualquier atracción podía reducirse a una mezcla de neurotransmisores y sesgos cognitivos. Ser guapo era una ventaja evolutiva. Sonreír estratégicamente, una técnica de manipulación social. Y los sentimientos... una variable molesta, que no tenía cabida en su esquema de eficiencia emocional. Así había vivido siete años en Hogwarts. Hasta que llegó el último año. Y el Torneo de los Tres Magos. Y Cedric Diggory.
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