Él siempre había creído que conocía perfectamente su lugar en el mundo; ser un Malfoy significaba ser respetado, temido y, sobre todo, invulnerable. No mostraba debilidad, no ofrecía sonrisas gratuitas ni palabras amables. Toda la vida le habían dicho que los sentimientos eran lujos que su familia no podía permitirse. Y luego estaba ella, Helena Whitemore. No era famosa, ni escandalosamente talentosa como Hermione Granger. No era una atleta de renombre como Cedric Diggory había sido. No era una rebelde como los Gryffindor que tanto despreciaba. Para él, ella era diferente. Era callada pero brillante, dulce sin esfuerzo. Amable de una forma que parecía auténtica, no forzada como la de tantos otros que fingían modales por conveniencia. Desde el primer año, Draco la había notado. Era imposible no hacerlo. Cuando se tropezaba en los pasillos con sus libros tambaleando en los brazos, cuando ayudaba a un elfo doméstico a recoger pergaminos caídos en la biblioteca, cuando defendía a un niño de primer año de un hechizo malintencionado... siempre con esa sonrisa suya. Una sonrisa que no pedía nada a cambio. Y Malfoy, que despreciaba a la mayoría del mundo, descubría que, en su interior, esa sonrisa encendía incendios.
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