Abbie nunca quiso ser el centro de atención, pero su belleza la traicionaba. Desde el primer día en la escuela, todos la vieron, todos la desearon, pero nadie se atrevió a acercarse. Su piel de porcelana, su cabello negro azabache y esos ojos almendrados hipnotizaban a cualquiera. Pero Abbie no buscaba miradas ni susurros a su paso, ella solo quería existir sin ser observada. Con dos amigos y un pretendiente eterno que no entendía un "no", su mundo parecía monótono... hasta que apareció ella. La rubia. Era salvaje. Intensa. Dueña de una belleza abrumadora y peligrosa. No sonreía por cortesía ni fingía para encajar. Y lo peor -o lo mejor- era que fue de las pocas que no giró la cabeza para mirarla. Como si la perfección de Abbie no le importara en absoluto. Y eso la enloqueció. Porque esa chica, con su actitud desafiante y su mirada de hielo, escondía un fuego que Abbie moría por encender. Le advirtieron que era un error. Que la rubia no dejaba entrar a nadie en su mundo. Que se mantuviera lejos. Pero Abbie ya estaba perdida. Iba a conocerla. Iba a tentarla. Lo que no imaginaba era que, cuando jugara con fuego, la que terminaría ardiendo sería ella.
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