Aládiah

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WpMetadataReadConcluida mar, abr 20, 2021
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Fanfic
Supernatural
... Estaba en una especie de celda, no sabía lo que ocurría, a través de los barrotes solo podía ver una enorme puerta con un estilo rústico de color marrón, al rededor no había nada solo oscuridad. Pasaron unos minutos y por la puerta apareció un hombre alto de piel blanca y cabello rubio hasta los hombros, sus ojos eran de un color verde muy brillante, estaba vestido con una franela negra pegada a su torso, una chaqueta de cuero negra, un jean negro ajustado y unas botas de corte militar negras también. - que bien, ya despertaste - dijo acercándose, su voz se me hacía muy conocida, sin embargo no lograba ubicar en dónde la había escuchado, cuando estuvo frente a la puerta de la celda sentí un horrible ardor en mis brazos y cuando fije mi mirada en ellos vi una extraña marca, segundos después el ardor ceso - puedes tener la mitad de un bando y la mitad de otro pero sigues estando bajo mi control - lo mire con odio a lo que el rio, chasqueo los dedos y la marca comenzó a brillar, sentí el ardor por unos segundos y después nada, escuché la reja abrirse y, en contra de mi voluntad, me paré y camine hasta llegar frente a él - muéstrame tu verdadera forma - ordeno, yo solo asentí, me paré frente a la puerta y sentí como mis dos alas salían de mi espalda con fuerza y se extendían con majestuosidad, note que mi ropa cambiaba, tenía un vestido que arriba era negro ajustado y la falda era blanca suelta hasta un poco más arriba de las rodillas y tenía unos tacones negros, en mi muñeca derecha tenía una pulsera blanca con rayas negras y puntos dorados y en la izquierda tenía una pulsera azul metálico con negro - ¿ahora entiendes? - dijo seguido de un chasquido y de la nada apareció un enorme espejo, pude ver mis hermosas alas, una blanca y una negra, por unos segundos recuperé el control de mi cuerpo y con mis manos sentí sus suaves y largas plumas - eres un hermoso híbrido no entiendo cuáles son tus ganas de seguir fingiendo que eres
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La puerta se cerró con un leve chasquido, pero el verdadero estruendo fue dentro de mí. Ella no tenía derecho a estar aquí, pero tampoco tenía derecho a mirarme así, con esos ojos encendidos, esa boca entreabierta que suplicaba ser poseída. -Sabes que esto es un error... -gruñí, sintiendo mi control desmoronarse. Ella no respondió. Solo dejó caer su chaqueta, deslizándola por sus hombros hasta el suelo. Debajo, su piel brillaba con la tenue luz de la habitación, su respiración entrecortada, sus pezones endurecidos bajo la tela fina de su blusa. Mierda. Mis músculos se tensaron, mis puños se cerraron. Pero cuando sus manos trazaron un camino ardiente sobre mi abdomen, la bestia dentro de mí despertó con hambre voraz. -Ahora soy tuya, mi general -susurró contra mi oído, con la voz más pecaminosa que había escuchado jamás. No hubo vuelta atrás. La empujé contra la pared, atrapando sus muñecas sobre su cabeza mientras mi boca reclamaba la suya con fiereza. Su lengua se enredó con la mía en un beso feroz, húmedo, insaciable. Desgarré la blusa, arrancando el sujetador sin importarme nada más que sentir su piel contra la mía. -Vas a recordarme cada vez que respires -gruñí contra su cuello antes de hundirme en él con besos y mordiscos. Ella jadeó cuando mi lengua descendió, jugando con sus pezones, devorándolos hasta que su espalda se arqueó en un gemido desesperado. Sus uñas se clavaron en mis hombros cuando la levanté en brazos y la lancé sobre la cama. La despojé del resto de su ropa en segundos, besando, lamiendo, mordiendo cada centímetro de su piel hasta que su cuerpo se retorcía bajo el mío. Cuando mis labios encontraron su centro húmedo, gritos ahogados escaparon de su boca. La sostuve contra el colchón mientras mi lengua la desarmaba, mientras su cuerpo se estremecía una y otra vez con orgasmos tan intensos que apenas podía respirar. Pero no había terminado con ella.

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