Como insectos nos lanzamos hacia la luz, cegados por su resplandor. La atracción fue irresistible, el canto de la llama nos prometia un destino. Pero, nos convertimos en cenizas, y en ese instante, comprendimos que la luz no era más que un espejismo. ¿Fue un error de percepción o una verdad revelada? ¿La luz que buscábamos era en realidad el abismo que nos consumia? Y en ese momento de caida, nos dimos cuenta de que nunca tuvimos el control que creiamos poseer. Lo habiamos entregado sin saberlo, o tal vez nos lo arrebataron sin que nos diéramos cuenta. La ilusión de libertad se desvaneció, y solo quedó la certeza de que siempre estuvimos a merced de las llamas que nos consumian. La pregunta entonces no es quién tiene el control, sino quién puede sobrevivir a la pérdida de la ilusión.
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